lunes, 24 de abril de 2017

Cristo atado a la Columna (Juan de Juanes)


Este óleo sobre tabla, que actualmente se expone en la iglesia de San Juan de la ciudad salmantina de Alba de Tormes, fue atribuido en un primer momento a Luis de Morales, más tarde a Vicente Macip, y por último al hijo de este último Juan de Juanes, considerado como el último de los grandes pintores valencianos del segundo tercio del siglo XVI. A principios del siglo XX Gómez Moreno en su “Catálogo Monumental de la Provincia de Salamanca” lo describía de esta manera: “Representa a Cristo atado a la columna, de tamaño natural; su cabeza descubre nobilísima corrección y belleza; encima tiene un sutil nimbo, la actitud del cuerpo es original y feliz, la entornación de las carnes, pálida y algo verdosa, con mucho rigor de claroscuro; fondo negro; columna, jaspeada; sudario y manos con cierta sequedad y dureza; factura esmeradísima”.

viernes, 14 de abril de 2017

viernes, 17 de marzo de 2017

Cristo Yacente (Gregorio Fernández)


Gregorio Fernández realiza esta talla de Cristo Yacente entre 1631 y 1636 para la Catedral de Segovia, por encargo del obispo Melchor Moscoso de Saldoval. Dentro de la obra de este escultor, los Cristos Yacentes son su trabajo más recurrente y destacado. Este de Segovia está colocado dentro de una urna dorada, en la parte baja del retablo que Juan de Lobera realiza en ese mismo siglo XVII. Su tardía ejecución hace que, aun siguiendo el modelo de los Yacentes de Fernández, esté más perfeccionada, lo que se traduce en una imagen espléndida.

El Cristo está colocado sobre un sudario con abundantes pliegues, apoyando su cabeza sobre una almohada blanca adornada con motivos dorados. Destaca la profunda expresión de muerte que tiene en el rostro, con los ojos y la boca entreabiertos. Por la frente se desliza la sangre de las heridas producidas por la corona de espinas. La barba bipartita y el cabello de mechones rizados se extienden sobre la almohada, donde el pintor ha añadido otros mechones más finos.

En el cuerpo destaca una profunda llaga, producida por la lanzada, de la que brotan sangre y agua. El paño de pureza está abierto, dejando ver en su totalidad la pierna izquierda. La tensión en que parecen estar los músculos, junto a la profunda expresividad del rostro, hacen que parezca que Cristo todavía vive. Los brazos están extendidos sobre el sudario y en las manos y pies salen regueros de sangre producto de las heridas de los clavos. La pierna derecha está recta, y la izquierda flexionada ligeramente para mostrar las heridas sangrantes de las rodillas, producidas seguramente por las caídas en su camino hacia el Calvario.


La policromía está hecha con una encarnación mate muy fina, salvo los dedos de manos y pies que se presentan amoratados. Existe una cierta recreación en la sangre, con tonalidades claras y oscuras, como representando las zonas en las que aún está caliente y otras en las que ha coagulado. Todo ello, talla y pintado, dotan a la figura de un gran realismo.