lunes, 26 de diciembre de 2011

Virgen de la Leche de Alonso Cano

La Virgen de la Lecha de Alonso Cano ingresó en la colección de Bellas Artes del Museo de Guadalajara como consecuencia de la Desamortización de Mendizábal. Su procedencia es desconocida aunque se apuntan dos posibilidades: el Convento de Carmelitas Descalzos del Desierto de Bolarque o, con mayor seguridad, el Convento del Carmen de Guadalajara.
Por su participación en numerosas muestras temporales, se ha convertido en una de las pinturas más divulgadas de Alonso Cano, siendo considerada como una de las obras maestras del artista. Sobre su autoría no existen dudas encontrándose el lienzo firmado con el monograma de Alonso Cano en la parte inferior derecha, repetido un poco más abajo en una imitación posterior.


Se trata de una pintura de formato vertical que recoge en primer plano una figura femenina sentada en actitud de amamantar a un niño desnudo que sostiene en su regazo. Representa una mujer joven con la cabeza ligeramente inclinada a su derecha, mirando a éste. Viste túnica roja sobre camisa blanca y manto azul que le cubre los hombros, las piernas y el brazo derecho sobre el que sostiene al niño, al que ofrece el pecho derecho, que sujeta con su mano izquierda. En la cabeza se aprecia un velo transparente que baja hacia su hombro derecho. El niño aparece semitumbado, sentado sobre la pierna derecha de la mujer con la espalda apoyada en el brazo del mismo lado, sobre un paño blanco que puede ser la prolongación del velo citado, con la cabeza vuelta mirando hacia el exterior del cuadro. La escena se desarrolla sobre un fondo neutro de colores pardos oscuros. A la altura del asiento una línea horizontal en el fondo, al lado derecho de las figuras, marca la inflexión entre suelo y pared; delante de ellas, en la parte inferior del cuadro, dos líneas más marcan algo parecido al inicio de un escalón.


Esta obra refleja la atmósfera serena y luminosa de la madurez como artista de Alonso Cano, lejos de su tenebrismo inicial, gracias al equilibrio de las formas, la delicadísima belleza y el fresco colorido, azul luminoso el manto y roja la túnica, que acentúan las delicadas carnaciones en rosas con toques blancos del desnudo del Niño y la cara, manos y pecho de la Virgen.
Habitualmente se relaciona con las dos Vírgenes de Belén de Granada, la pintura de la Curia Eclesiástica y la escultura del Museo de la Catedral, lo que permite fechar el cuadro del Museo de Guadalajara en un momento avanzado de la trayectoria de Cano, seguramente durante su última estancia en la corte, entre 1657 y 1660. Hacia estas mismas fechas también apunta el fuerte carácter escultórico, demostrado en el claroscuro del plegado del manto, el firme dibujo y el modelado, acentuado por la luz lateral, que construyen una figura que nos invita a contemplarla en todo su alrededor como indican Sánchez-Mesa y Martínez. El punto de vista frontal ligeramente bajo que monumentaliza la figura y el estrechamiento de la silueta en la parte inferior nos llevan a concentrarnos en el iluminado desnudo del Niño concebido como centro.

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